07.05.2026 - 13:30h
Todo llega a su fin. Y, por supuesto, todo ser humano tiene su fin. Lo presencia el mismo individuo en su lecho de muerte, pero nadie lo cuenta. Los que en realidad sufren son los que se quedan; pero para el que muere esa historia deja de ser importante. De allí, conocer las verdaderas causas de cada muerte sirve de alivio y de consuelo. Pero todo prescribe. ¡Qué más da!
Hoy, como hombres de Dios su formación profesional lo dice-, el episcopado de Guinea Ecuatorial ha oficiado los actos fúnebres del joven Vicario General, el Doctor Fortunato Nsue Esono, muerto en circunstancias extrañas en gran parte de la opinión pública; aunque la autopsia que el gobierno había encargado a médicos forenses egipcios confirma que “el sacerdote murió de un infarto de miocardio.
El ejecutivo lanzó el dardo: les invitamos a traer expertos de su confianza para que también realicen exámenes al cuerpo del difunto y obtener sus propios resultados que contrasten con los de los forenses egipcios. La intención es conocer las causas de la muerte de nuestro hermano, publicó en X el Vicepresidente, con la fecha del 1 de mayo.
Ante esas declaraciones, los ojos quedaron puestos en la iglesia católica, como institución tutor del fallecido, con una administración independiente y con un peso social enorme. Tanto antes, como después del pronunciamiento del gobierno, referente a la autopsia, no cogió el guante ni asumió responsabilidad para esclarecer las causas de la muerte de su sacerdote.
¿Por qué no lo hizo?, ¿Por qué hasta hoy no se conoce ningún pronunciamiento oficial de la Iglesia respecto al caso?, ¿Por qué la Conferencia Episcopal no había ordenado otra investigación forense?
Las dudas y preguntas sin respuestas acompañan hoy, dos metros bajo tierra, al cuerpo sin vida del joven e intelectual sacerdote, al que todos se refieren: se ha ido una buena persona.
La postura de la Conferencia Episcopal resulta especialmente delicada. No solo se trataba de un sacerdote, sino del Vicario General del arzobispado de Malabo, al que muchos veían como el futuro obispo de la Diócesis de Bata.
La iglesia, con vocación espiritual y social, no ha debido limitarse solo oficiar los actos de su sepelio y sepultura con un silencio hermético al que ha estado impregnada; mientras persiste la indignación de los fieles y de una ciudadanía que ha reclamado claridad. En este sentido, tenía la obligación moral de exigir y/u ordenar una investigación independiente. La actitud silenciosa que ha mantenido desde el 17 de abril, puede ser interpretada como una renuncia a su responsabilidad pastoral y ética.
Resulta difícil comprender que una institución que ha alzado voz en otros momentos para defender principios éticos y humanos, haya permanecido atrapada en un silencio.
El Santo Padre apeló a la prudencia, en su homilía en el Estadio de Malabo (23 de abril del 2026) refiriéndose a la tragedia de la muerte del Vicario General, confío en que, sin dejarse llevar por comentarios o conclusiones apresuradas, se haga plena luz sobre las circunstancias de su muerte. Desde esa premisa, la iglesia local no sólo tenía el deber, sino también el encargo de Su Santidad, a través de las instituciones del Estado, hallar la verdad.
La defensa de la verdad también forma parte de la misión pastoral. Cuando renuncia a ella, corre el riesgo de ser vista como una institución más preocupada por preservar su comodidad institucional que por honrar la memoria de quienes la sirven.
El silencio, en ocasiones también comunica. Y en este caso, comunica demasiado.



