21.05.2026 - 13:44h
La extinción es progresiva pero silenciosa. Los conventos que se caracterizaron por estar repletas de monjas, hoy en día apenas permanecen. Y los que sí, no albergan ni a cinco. En nuestra conversación con la misionera Celestina Sinoha, opina que “existe un deterioro en la valoración de los espiritual”, al mismo tiempo que advierte que la desestructuración familiar podría ser una de las causas de la baja vocacional que hoy en día hay en las jovencitas. “Hay mucha madres soleteras y niñas desamparadas”, lamenta.
Pero la crisis vocacional no solo existe en el país. Reinaldo Tan Beccera, sociólogo de la Universidad Central (Ecuador), lleva diez años estudiando la vida religiosa y dijo al periódico La Tercera que, las motivaciones para ingresar a la vida consagrada han cambiado. Sostiene que ahora las jóvenes pasan más tiempo de discernimiento, mientras era más común que ingresaran como religiosas, niñas de 13 o 14 años, aunque en muchos casos, la vocación no era el motivo principal para entrar; porque la gente ofrecía a las niñas porque se les aseguraba alimento y hogar. Por otro lado, las familias ricas mandaban a hijas rebeldes para pudieran ser moldeadas en el espacio de las monjas.
El descenso vocacional en el llamado a la consagración que, -incluso le preocupa a la iglesia católica- es para muchas jóvenes un tabú. Viven constantemente el rechazo social por no cumplir los estándares para ser feliz en la era actual, al renunciar al patrimonio económico privado y la institución familiar.
A pesar de esas dificultades y ese ostracismo que atraviesa la vida consagrada, en la Orden de la Inmaculada Concepción de Basilé, crece una joven de 19 años, aspirante a la vida religiosa. Mauricia Angué, quien dice sentir la vocación a los 11 años de edad, nos atiende con una sonrisa característica a una monja: “sentí la necesidad de ayudar, de vivir esa vida y desde entonces he sufrido un rechazo social constantemente y en mi propia familia”, nos comenta y asegura –incluso- haber peleado con su hermano porque é no entendía la decisión que ella había tomado en aquel entonces.
Nos diserta que “ser religiosa es una opción de vida que muchos no entienden. No podemos tener hijos biológicos, pero sí, tenemos muchos hijos espirituales”, dice con una sonrisa contemplativa mientras se despide de nosotros.
Durante nuestra investigación, también conocemos la historia de Sor María Soledad Benito, Concepcionista Franciscana de la Orden de la Inmaculada Concepción de La Begoña II, con 25 años de servicio como monja. “Somos la primera congregación contemplativa en Malabo. Anteriormente, nuestro convento se ubicaba en Akonibe, pero luego nos mudamos a Malabo porque solo quedábamos seis hermanas ya mayores y no teníamos relevo. Actualmente, contamos con varias novicias, pero ninguna es ecuatoguineana”, nos dice.
En ocasiones, se genera confusión entre religiosas (activas) y monjas (contemplativas). La diferencia que radica en sus funciones es que las primera viven una vida mucho más social y son más conocidas en comunidades por su presencia en colegios, hospitales; mientras las monjas, viven en clausura, en oración constante.
Con ese panorama descrito, en la actualidad hay muchos que cuestionan el papel y la importancia de las religiosas, al entender que en el siglo XXI su función es prescindible porque las labores que anteriormente sólo realizaban ellas, hoy en día también son hechas por personas no religiosas.



