16.07.2026 - 08:17h
Por: Ángela Eburi Kinson Devis
Estudiante de 4° de Periodismo
En Malabo, varias familias han perdido a seres queridos porque su comunidad religiosa no acepta transfusiones. Los médicos piden permiso; los líderes religiosos dan otra respuesta. Entre la devoción y la vida se abre una grieta donde los más vulnerables, a menudo niños, pagan el precio.
La escena se repite en pasillos de hospitales: un padre aferrado a una cama, un cirujano que explica con calma y urgencia, y detrás de todo, la creencia que prohíbe recibir sangre de otro ser humano. “Nos dijeron que la sangre profanaba el cuerpo y que confiar en ella era traicionar a la fe”, cuenta una mujer que prefirió no dar su nombre.
No hay cifras públicas claras que cuantifiquen cuántos casos han ocurrido en el país. Algunos médicos consultados confirman que han enfrentado situaciones de rechazo a transfusiones, especialmente vinculadas a grupos que promueven doctrinas muy específicas. “Es una situación delicada: tratamos de explicar riesgos y beneficios, pero si los tutores legales se oponen, entramos en un laberinto legal y ético”, dice un médico de un hospital público que pidió anonimato.
El choque entre libertad religiosa y derecho a la vida, el debate no es nuevo: el derecho a la libertad religiosa está protegido, pero choca con la obligación del Estado y de los profesionales sanitarios de proteger la vida, especialmente la de menores. En muchos países existen marcos legales que permiten intervenir en situaciones de riesgo inminente para salvar a un niño, aun cuando los tutores se opongan. En Guinea Ecuatorial, específicamente en el campo de la transfusión sanguínea, se considera como un delito de negación de socorro a todo aquel que tiene la facultad de poder donar sangre para salvar una vida y se abstiene de hacerlo.
La ciestión se complica cuando quien rechaza la transfusión es un adulto con plena capacidad y criterio. Ahí pasa la autonomía individual. El tema más espinoso surge con menores: ¿Puede la fe de los padres decidir sobre la vida de un niño? Para la mayoría de juristas consultados, la respuesta debería ser que dl interés superior del niño impera.
La pérdida no es solo biológica. Familias quedan divididas: unos con la convicción de haber obedecido una enseñanza religiosa; otros con el peso de la decisión y la sensación de haber sido manipulados. En la comunidad médica aumenta la frustración: profesionales que se sienten impotentes ante la falta de protocolos claros y el temor a represalias sociales.
Además, hay un coste social: miedo a acudir al hospital por temor a que la comunidad lo señale, retraso en la atención, y pérdida de confianza entre ciudadanos y autoridades sanitarias.
Este no es un texto para señalar o ridiculizar a quienes creen. Es un llamado a evitar que la fe se convierta en barrera para salvar vidas. En un país donde las redes de solidaridad son esenciales, es urgente abrir conversaciones sinceras entre salud pública, líderes religiosos y comunidades. La libertad de creer nunca podrá valer más que la vida de un niño. Si la religión enseña amor, ese amor debería incluir proteger a los más vulnerables incluso cuando eso exige decisiones difíciles.




22.06.2026 | 18:49h