18.06.2026 - 16:04h
Los padres desempeñan un papel fundamental en la vida de sus hijos. Desde que nacemos, son ellos quienes nos orientan, nos protegen y toman decisiones que consideran beneficiosas para nuestro futuro. Sin embargo, existe una diferencia importante entre aconsejar y decidir completamente por los hijos. Cuando los padres eligen constantemente por ellos, pueden llegar a limitar el desarrollo de su personalidad, sus gustos y sus sueños.
Considero que todo padre, siendo consciente del amor que siente por sus hijos, debe apoyarlos en las actividades que desean realizar, siempre que estas no representen un peligro para su bienestar. El amor verdadero no consiste únicamente en proteger, sino también en permitir que los hijos descubran quiénes son, desarrollen sus talentos y aprendan a tomar sus propias decisiones. Muchas veces los padres creen que saben qué es lo mejor para sus hijos y, con la mejor intención, terminan imponiendo elecciones que no coinciden con los intereses de estos.
Mi experiencia personal me hizo comprender esta realidad. Nací en una familia numerosa, rodeada de hermanos varones. Al ser la única niña, muchas de las decisiones relacionadas con mi forma de vestir, jugar y comportarme estaban influenciadas por el entorno en el que crecí. Recuerdo que, cuando mi madre compraba ropa para todos nosotros, la colocaba en el suelo y cada uno elegía lo que más le gustaba. Sin embargo, debido a que convivía principalmente con mis hermanos, terminaba vistiendo de manera muy parecida a ellos. En aquel momento no lo cuestionaba, pues era la realidad que conocía y con la que había crecido.
La influencia de mi entorno también se reflejó en los juegos y actividades que practicaba. Cuando mis hermanos salían a jugar, yo los acompañaba porque quería divertirme con ellos. Entre todas las actividades que realizaban, hubo una que captó especialmente mi atención: el fútbol. Al principio no me sentía completamente cómoda, ya que la mayoría de quienes jugaban eran chicos, pero poco a poco fui descubriendo que aquel deporte me apasionaba. Con el paso del tiempo, el fútbol dejó de ser un simple pasatiempo para convertirse en una de las actividades que más disfrutaba.
Mi dedicación y entusiasmo crecieron tanto que llegué a destacar dentro de mi entorno. Cada entrenamiento y cada partido fortalecían mi amor por este deporte. No jugaba porque otros lo hicieran; solo porque realmente me hacía feliz. En la cancha encontraba un espacio donde podía expresarme, aprender valores como el trabajo en equipo, la disciplina y la perseverancia, además de sentir la satisfacción de superarme constantemente.
Sin embargo, llegó un momento en el que mis padres consideraron que debía abandonar el fútbol. Según su punto de vista, ese deporte no era adecuado para una chica y no ofrecía oportunidades para mi futuro. Aunque comprendía que su intención era protegerme, aquella decisión me causó una profunda tristeza. Sentí que algo que formaba parte de mí estaba siendo apartado por razones que no compartía. Como era menor de edad y además mi familia atravesaba dificultades económicas y sociales, no tuve otra opción que aceptar aquella decisión.
Esta experiencia me llevó a reflexionar sobre una situación que viven muchos jóvenes. Con frecuencia, los padres toman decisiones basándose en creencias tradicionales, estereotipos o expectativas sociales. En algunos casos, consideran que determinadas actividades son apropiadas para los niños y otras para las niñas. Sin embargo, los talentos, las capacidades y los sueños no dependen del género. Una niña puede destacar en el fútbol, al igual que un niño puede sobresalir en la danza, la música o cualquier otra disciplina.
Cuando los padres imponen límites basados únicamente en prejuicios o ideas preconcebidas, pueden impedir que sus hijos desarrollen habilidades valiosas. Además, estas decisiones pueden afectar la autoestima de los jóvenes, quienes llegan a pensar que sus intereses no son importantes o que sus sueños tienen menos valor que las opiniones de los demás. Esto no significa que los padres deban permitir todo sin condiciones, sino que deben escuchar, dialogar y comprender las motivaciones de sus hijos antes de tomar decisiones que influyan directamente en sus vidas.
También es importante reconocer que los padres suelen actuar movidos por el miedo. Temen que sus hijos sufran, fracasen o enfrenten dificultades. Sin embargo, equivocarse, aprender y superar obstáculos forma parte del crecimiento personal. Los jóvenes necesitan oportunidades para descubrir sus capacidades y construir su propio camino. Si siempre son otros quienes deciden por ellos, les resultará más difícil desarrollar confianza en sí mismos y asumir responsabilidades en el futuro.
Actualmente ya no practico fútbol, pero el cariño y la admiración que siento por este deporte permanecen intactos. Cada vez que veo un partido o escucho hablar de fútbol, recuerdo la emoción que sentía al jugar y la felicidad que me proporcionaba. Aunque mi historia tomó un rumbo diferente, sigo convencida de que nadie debería verse obligado a renunciar a aquello que ama únicamente porque otros consideran que no es adecuado.
Por ello, hago un llamado a los padres para que acompañen a sus hijos sin imponerles sus propios sueños o temores. Es necesario orientar, aconsejar y corregir cuando sea necesario, pero también respetar los gustos, talentos y aspiraciones de cada persona. Escuchar a los hijos, dialogar con ellos y confiar en sus capacidades fortalece los lazos familiares y contribuye a formar individuos más seguros, responsables y felices.
Elegir por los hijos puede parecer un acto de amor y protección, pero cuando se convierte en una práctica constante puede limitar su libertad y su desarrollo personal. Los padres deben ser guías en la vida de sus hijos, no dueños de sus decisiones. Permitir que cada joven descubra sus pasiones y construya su propio camino es una de las mayores muestras de confianza y amor que una familia puede ofrecer.



